CONVERSACIONES CON LOS ESPÍRITUS


la buena

Hace varias semanas, una amiga de Argentina me preguntó acerca de la posibilidad de poder conectar a través del tarot con su suegro, al cual nunca llegó a conocer en vida. Le contesté que si lo hacemos de una manera sincera y con sentimiento, sí podemos conectarnos con ellos. Si conectamos con las energías de la vida ¿por qué no vamos a poder hacerlo con las energías de aquellos que ya no están aquí con forma física? Al menos yo sí tengo esa posibilidad, eso sí, aunando no sólo mis conocimientos y conexión con el tarot, sino también una especie de sexto sentido que poseo desde niña (ya he dicho en otras ocasiones que no soy vidente, aunque sí soy sensitiva, especialmente con los difuntos).

Lo que hoy os quiero contar es la experiencia que tuve al contactar con el abuelo paterno de Carlos, mi pareja. Juan, el abuelo, falleció tras una larga enfermedad que poco a poco le mermó las fuerzas y deterioró su mente por completo. No es que este hombre fuese especialmente cariñoso con mi marido, pero Carlos siempre ha albergado en su interior la pena de no haberse podido despedir de su abuelo como hubiese querido. Yo no tuve la oportunidad de conocerlo personalmente, pues murió meses antes de que mi pareja y yo nos conociésemos, y por eso, tener un contexto en el que interactuar con él (en este caso, a través del tarot y mi capacidad sensitiva) fue una experiencia muy importante y especial para mí que he repetido posteriormente con otros espíritus o energías.

En la ocasión que aquí os cuento, Carlos y yo decidimos viajar para pasar un fin de semana en la casa que el abuelo Juan compró en vida en un pueblecito cercano a donde vivíamos por aquel entonces, y que todavía sigue perteneciendo a la familia. Casual o causalmente, coincidió que esos días se celebraba el solsticio de verano o Noche de San Juan, por lo cual me llevé una vela y una serie de objetos para realizar un pequeño ritual esa noche y atraer la buena suerte. Es algo que realizo todos los solsticios de verano y que siempre me ha dado un resultado excelente.

Después de cenar, y mientras Carlos veía un poco la programación televisiva, yo me senté en otra habitación con mis cartas del tarot y mentalmente llamé al abuelo Juan. Era como si sintiese esa necesidad, como si algo en mi interior me dijese que debía contactar con él. Fue algo muy curioso, porque nada más iniciar la sesión lo sentí inmediatamente a mi lado. Su manifestación fue casi instantánea. Con las cartas, fui haciéndole preguntas, para las cuales extraía tan sólo 3 arcanos mayores. Curiosamente, siempre salían respuestas muy coherentes. Además, la aparición de la Templanza y el Juicio era continúa (ya sabéis que esos dos arcanos nos hablan a menudo del angelismo y de las energías del Más Allá). A mí aquello me impresionaba, pero a la vez me atraía como un imán del que me resultaba imposible desprenderme.

Tras realizar bastantes preguntas, llegué a la conclusión de que Juan se encontraba bien en el lugar en el que estaba, pero que en aquellos momentos se había acercado hasta donde nosotros nos encontrábamos. Incluso tuve la sensación de que su espíritu vagaba a menudo por las dependencias de aquella casa. Además, intuí que sentía mucha bondad por su nieto. Bastante excitada por los resultados que estaba obteniendo, llamé a Carlos, que vino a la estancia donde yo me encontraba para unirse a mi sesión de tarot. Una vez metido en la situación, se impresionó mucho e incluso se le saltaron las lágrimas, pues comprobar que su abuelo estaba allí fue algo que no esperaba.

Con un 10 de Oros, El Juicio y la Templanza, el abuelo vino a transmitirnos que velaba mucho por toda la familia. Después le consulté qué opinaba de que Carlos no se hubiese despedido de él, y las cartas que me salieron fueron sorprendentes: 5 de Copas, Mago y Carro, como queriendo indicar que a pesar de su dolor, no tenía que preocuparse porque él estaba bien, y Carlos debía seguir adelante con su vida. Después le pregunté qué sentía acerca de nosotros dos como pareja, y me salió un 2 de Copas, ciertamente un bello arcano, porque ambos nos queríamos y queremos mucho, y aún en los momentos más adversos, siempre nos mantenemos muy unidos. Lo curioso fue cuando quisimos cerrar la sesión de tarot, porque yo sentía que su espíritu no se quería marchar, y no hacían más que caérseme cartas del mazo una vez tras otra. Yo sentía algo extraño en la boca del estómago, pero no obstante cerré el mazo de tarot y lo guardé. Lo más impactante vino después.

Cuando llegó la hora de acostarnos, deposité una vela azul en la entrada de la habitación con un pequeño trozo de papel debajo y que contenía mi petición para aquella noche mágica de San Juan. Coloqué una hoja de hiedra debajo de nuestra almohada, y Carlos y yo nos acostamos. No sé el tiempo que habría transcurrido cuando, de repente, noté algo en la puerta del dormitorio. Me incorporé, somnolienta, y vi a un anciano delgado y alto, vestido con una camisa de estrechas rayas y unos pantalones grises sujetos con tirantes. El anciano era prácticamente calvo, y nos observaba desde la puerta con una mirada pícara. Sorprendida, me terminé de incorporar en la cama y me restregué los ojos, pero la imagen o espíritu continuaba allí. Llamé a Carlos en un susurro, empujándole un poco para que se despertase, pero él sólo gruñó ligeramente y continuó durmiendo. Cuando ya estaba bien despierta y mirando aquella imagen como si fuese un imán, el espíritu me guiñó un ojo y desapareció, esfumándose como por arte de magia.

Estuve así un rato, intentando asimilar quién era aquel anciano, aunque lo suponía. Al final me dormí, y a la mañana siguiente, cuando Carlos se despertó, le comenté lo que había ocurrido. Él pegó un bote en la cama, incorporándose y dirigiéndose a una vieja cómoda para abrir un cajón y extraer un montón de fotos. Sentado sobre la cama, empezó a clasificarlas, y al final me enseñó una con manos temblorosas. La fotografía era pequeña, pero en ella aparecía la abuela de Carlos, y justo a su lado y pasándole un brazo por los hombros, un anciano ¡exactamente igual al que yo había visto esa noche! Asentí con la cabeza, y Carlos exclamó: “Mi abuelo Juan”.

En efecto, tras la sesión nocturna de tarot, Juan quiso quedarse un rato más con nosotros para demostrarnos que seguía a nuestro lado. ¡Qué maneras más bellas tiene el universo de manifestar su poder infinito! Desde entonces, Carlos se convirtió en un ferviente creyente en la vida más allá de la muerte, y también sabe que sus difuntos están “al otro lado”, pero que lo ven en todo momento y velan por él. Eso le ha dado mucha más fe para vivir, y a mí la felicidad de comprobar que soy capaz de realizar este tipo de viajes maravillosos y conversar con los espíritus de una manera sencilla y humilde a través de mis cartas de tarot y de mi capacidad sensitiva.

 

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